Tres conciertos por 5 euros: Bienvenidos a A-38.

Disfrutar del Pop-Rock sureño de Blahalousiana, el Garage Rock de Norbert Kristóf Band y el Ska/Soul/Funky/Jazz/Rap y demás estilos que quieras añadir a Eléfant, por el módico precio de 1500 HUF (Florines Húngaros, 5 euritos que decimos aquí), es algo que únicamente puedes disfrutar en la bodega de este magnífico barco, anclado en la margen derecha del Danubio, en la zona de Buda.

Hoy, haciendo gala de un ligero intrusismo laboral, ocupo la sección de Joseba para narrar cómo es un concierto en Hungría. Llegamos puntuales a la cita con “Blahalousiana” (primera y última vez en todo el curso), tan puntuales que allí no había nadie, hasta que los primeros acordes de “The wanderer”, bandera de este grupo formado en las calles de Budapest, pero que recibe fuertes influencias del sur de los United States, comenzaron a sonar. A partir de ese momento, decenas de curiosos se acercaron y pudieron ver in-situ cómo el tema debía interrumpirse debido a problemas técnicos con la batería. Ello no alteró a la atractiva cantante que decidió marcarse una asombrosa versión “a capella” de otro de los temas de su último EP. Era la segunda vez que podía disfrutar del quinteto, y la calidad de su sonido, además de la portentosa voz de su cantante, me dejaron más impresionado incluso que la primera.

“Pearl Jam es el cielo, el referente, lo que queremos alcanzar”. Esta frase podría perfectamente salir de la boca del líder de “The Norbert Kristóf Band” cuya banda, pese a sonar repetitiva y depresiva (como el Radiohead de “Pablo Honey”), goza de cierta popularidad en el panorama Magyar, y consiguió atraer a mayor número de fieles que sus predesores. Durante casi una hora de concierto, sus punteos (muy parecidos en la mayoría de canciones) hicieron las delicias de aquellos que amamos sacudir las cabezas de arriba abajo. En esta banda quién mas destaca es su batería, mostrando ser el valor añadido de la misma, pues gracias al compás que él marca, los húngaros suenan de forma diferente,; les permite desmarcarse de cientos de bandas que no demuestran otra cosa sino ser vulgares imitadores de Nirvana.

Antes de disfrutar del concierto que nos falta, el plato fuerte -con los polifacéticos “Eléfant”- nos permitimos el lujo de descansar en la cubierta del barco. El reflejo de la Luna en el Danubio realmente enamora, más aún si puedes además gozar de un maravilloso eclipse de Luna, con una ligera brisa golpeándote en la cara, pero saboreando unos agradables 22 grados. A-38 no es un barco de guerra transofrmado en sala de conciertos al uso (suena a chiste, lo sé), sino que además posee una sala vanguardista donde puedes hacer música moviendo y agitando las manos, al más puro estilo de Tom Cruise con sus pantallas en “Minority Report”, gracias a la magia del Kinect.

Tras ese merecido reposo, bajamos a la bodega de nuevo, y anonadados, observamos cómo la sala estaba absolutamente llena y el público completamente expectante. Desconocíamos  que esta banda gozase de tanto tirón en la zona, y decidimos observar el concierto en su totalidad, pese a tener otro compromiso media hora más tarde. El ambiente se tornó oscuro, algo barriobajero, y tres raperos, uno detrás de otro, se dedicaron a cantar tres temas repletos de fuerza y mensajes seguramente contundentes (lo siento, el rap húngaro es todavía un ser desconocido para mí) y decidimos marcharnos al no sentirnos identificados con la atmósfera creada. Sin embargo, mientras nos dedicamos a abandonar la sala apesadumbrados, pudimos observar cómo un señor ataviado con el uniforme de “El Barrio”  subía al escenario y comenzaba a entonar los primeros compases del tema “Szex”, a medio camino entre el Funk y el Soul, y decidimos quedarnos a ver cómo evolucionaba aquello. No nos arrepentimos en ningún momento, la voz algo ronca pero agradable del cantante envolvía toda la sala, y el concierto fue llenándose de pasión gracias a temas tan intensos como “Mona Lisa” (qué Bella, qué Bella) e incluso divertidos con alegres toques de Ska. En definitiva, que el frío público húngaro acabó saltando como en su vida habían hecho, al igual que mi compañero Miguel Ángel y yo, quiénes además, añadimos el alborozo y barullo típico de los países Mediterráneos: una velada inolvidable

ImagenAlejandro Ayuso. Redacción Radio Cierzo.

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