Eva, yo también hubiese mordido La Manzana.

Este pasado sábado taché de mi libro vital una de las cosas que necesariamente hay que hacer antes de irse al otro barrio: entré en una tienda de Apple. Ahora ya sólo me falta escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo/a (ordenadas todas ellas por orden decreciente de dificultad). Vaya por delante que, desde mi posición de consumidor de tecnología “nivel usuario sencillico”, estas líneas no van a ser un alegato ni un compendio de ideas que se sumen al eterno debate entre Fans de Apple contra La Cofradía Anti-Steve Jobss; simplemente, quiero transmitir la sensación tan especial que me provocó conocer uno de estos Universos Apple en pequeñito por dentro; y más que el hecho de conocerlo, la experiencia tan increíble que fue comprar algo allí.

El establecimiento llama la atención a la legua. La manzana te llama. Acababa de salir del típico Zara de turno del centro comercial en el que me encontraba en Zaragoza, cuando me fijé en el logo que presidía la entrada. Es lo primero en lo que reparas, pero pronto te olvidas de la fruta blanca, porque el interior te atrapa: como para no, pues la arquitectura universal de Apple apuesta por cristales transparentes en lugar de paredes, para no dejar lugar a dudas de lo que ofrece ni un sólo instante. Desde fuera ya ves que lo que hay dentro no es convencional, que no es la típica relación tienda-producto-cliente. La interacción y la interactuación entre el cliente y lo que la tienda te ofrece es total. Largos mostradores blancos con sus productos estrella (iMac, iPhone, iPad, iPod, Air, etc.) encendidos y a pleno rendimiento, dispuestos a que los toques, a que experimentes con ellos, a que sepas qué es eso que engancha a tanta gente en el mundo, a que nada más sumergirte en el mundo Apple, descubras de primera mano qué es lo que te quieren vender. Y eso me gusta. Me gusta ese concepto de negocio, me gusta un márketing que de verdad sea márketing, y no sólo teoría que se queda en los tratados de Fundamentos Comerciales.

La luz, la música de fondo, la disposición central de los mostradores con los productos principales, la disposición lateral con los accesorios, la forma en la que ves y compruebas cómo la gente disfruta y se cree lo que le están ofreciendo, me causó un gran impacto. Y entendí muchas cosas. Entendí qué es eso que llaman “gestión integral del negocio”: entras a la tienda tan sólo por atracción visual, y sales con tu producto en la mano, ese que hasta el momento desconocías que necesitabas pero que ahora no puedes vivir sin él; y no sólo eso, pues allí mismo te han enseñado a utilizarlo y sacarle provecho en una charla amena y amable.

Ahí andaba yo buscando un adaptador para corriente para mi iPod (sí, ya era consumidor de Apple), y el gesto del dependiente me pareció genial. Hasta que no comprobó que estaba realmente perdido, no se acercó a prestarme ayuda (dependientas de El Corte Inglés: NO siempre necesitamos algo). Era un chaval joven (como casi todos los que allí había, otra cosa que aprecio), que me dejó boquiabierto: solucionó mi búsqueda, me preguntó acerca de si quería conocer otros productos, solicitó mi email para proporcionarme información adicional, me enseñó a usar mi adquisición allí mismo, con una miniTablet me cobró e imprimió la factura delante de mis narices, y tras finalizar, me puso el producto que había comprado en una bolsa con el logo muy chula. Increíble. Si eso es Márketing, compro el Márketing. Salí con ganas de volver, satisfecho de haber entrado y de haber comprado.

La verdad, no sé si Steve Jobs fue un adelantado a su tiempo, o un tiburón al que no le importó llevarse a quien fuera por delante para triunfar. Tampoco sé, ni puedo opinar sobre ello, si Apple es realmente la empresa puntera en el mundo en cuanto a tecnología de consumo se refiere, o una compañía que trata de vender simples cambios en el diseño de sus productos bajo la apariencia de grandes revoluciones. Lo que sí puedo decir es que Apple consigue lo más difícil: colmar las expectativas del que va a comprar. Creo que eso es esencial para poder decir que se saben hacer las cosas bien. Porque el que entra en Apple no sólo compra un producto. Compra una experiencia, compra ganas de repetir, compra ese producto y toda una familia de posibilidades para sacarle partido.

Muy pocas veces, por no decir ninguna, había sentido eso comprando algo. Nunca una compra me habia trascendido más allá de la propia compra, como para dedicarle unas líneas en un blog o unas cuantas charlas con amigos. Por eso, puedo llegar a entender a las personas que hacen cola para comprar el último iPhone. Creo que yo no llegaría a esos extremos. Pero Eva, lo que sí puedo decir es que yo también hubiese mordido La Manzana.

Joseba Guardia. ¿Qué hace una canción como tú en un siglo como éste?

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